Mar-Abr-2017

10.- Misa crismal

En el ocaso de la cuaresma, el jueves 13 de abril 2017, nos reunimos como hermanos en la Catedral Metropolitana de Guadalajara, para celebrar la Misa Crismal, presidida por el Sr. Cardenal J. Francisco Robles Ortega y concelebrada con el Sr. Ob. Juan Humberto Guitiérrez y el Sr. Arzob. Em. Mons. José Guadalupe Martín Rábago. Es impresionante contemplar la numerosa asistencia de sacerdotes y la participación activa de tantos fieles que asisten y cantan (amenizados por la Escuela Superior de Música Sacra), y otros tantos que van como delegados parroquianos para llevar los santos óleos a las parroquias durante el año que darán van a dar vida en Cristo a nuestro pueblo.

El Señor cardenal nos recordaba que nuestra meta es Dios y que la causa de nuestro gozo y la alegría es el pertenecer a Jesucristo nuestro salvador, que el Espíritu Santo hace que Cristo se mantenga en el hoy perene y permanente como único salvador hoy se ha cumplido, el Hoy de Dios es el hoy definitivo de la salvación de Dios.

La importancia de la acción del Espíritu Santo (nos recuerda el Señor Cardenal) sólo por su poder, nosotros, comunidad de discípulos de Cristo, podemos ser en el mundo, como sacramento de la unión de los hombres entre sí y de los hombres con Diso. Sólo por el poder del Espíritu la materia de los sacramentos es causa de participación de la vida de Dios en nosotros y de la salvación.

Nos recordó a los sacerdotes sobre la importancia de permanecer en la fidelidad a Cristo en tres fidelidades:

  • Fidelidad a sí mismos: conscientes de nuestras limitaciones y capacidades.
  • Fidelidad a un valor que le dé consistencia y sentido a nuestra vida. Este es el valor el Reino de Dios en el seguimiento de Cristo, concretamente como discípulos sacerdotes ministeriales.
  • Fidelidad en el momento histórico que nos ha tocado vivir. Fidelidad a nuestros hermanos y hermanas a quienes nos ha tocado servir.

En una palabra: fidelidad a la Iglesia 

Una apreciación desde mi muy particular punto de vista.

Al entrar al recinto sacro y saludar a tantos hermanos sacerdotes, un fuerte apretón de manos, un abrazo, y la alegría de volver a vernos me recuerda un dicho que desde el seminario algunos mencionaban frecuentemente que dice más o menos así: “llegan sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse”; puedo afirmar que noté otra cosa en esta hermosa celebración litúrgica, quienes estaban a mi alrededor, todos eran conocidos, me sentía en familia, como en casa, ninguno de nosotros era desconocido o ajeno a esta gran familia; se percibe en el rededor un ambiente fraterno, alegre y reconciliador (hubo quienes aprovecharon para recibir el sacramento de la confesión).

¿Vivir sin amarnos? Si precisamente el estar hombro con hombro (y no porque en las bancas solo cabíamos 5) ya es un signo exterior de nuestra comunión fraterna, de la caridad que se vive y se respira en nuestro ambiente; lo que nos estaba reuniendo es el amor a Cristo y con nuestra identidad sacerdotal expresamos nuestra renovación del amor primero, ese amor que sostiene nuestras vidas tan llenas de alegrías y sufrimientos, nos recuerda quienes somos “ministros de la misericordia de Dios”.

¿Mueren sin llorarse? Si todavía nos encontramos de luto por la muerte de un gran hermano, sacerdote y “amigo” P. Cruz Alejandro Orozco Raygosa, que a causa de un accidente ha partido a la casa paterna.

En esta eucaristía descubrí que: llegamos y nos vamos conociendo, vivimos para amarnos, y morimos esperanzados de que algún día participaremos en el banquete celestial.  Que la acción del Espíritu Santo nos impulse a permanecer fieles a la vocación que Dios nos ha confiado en este ministerio. Gracias Señor por tu infinita misericordia.

Mauricio Muratalla Hernández, Pbro.