Jul-Ago-2017

El mandato de la V Asamblea

La V Asamblea Diocesana de Pastoral pidió al Sr. Arzobispo, Cardenal José Francisco Robles Ortega, que se evaluaran y se renovaran las estructuras diocesanas como paso indispensable del proceso pastoral (QUÉ) y se ofrecieron algunos criterios prioritarios, a la luz de las siete líneas de acción (CÓMO). 

Las estructuras diocesanas son de orden:

  • TERRITORIAL: parroquia, decanato, Vicaría
  • PASTORAL
  • FUNCIONAL: Comisión, Sección, Departamento.
  • ADMINISTRATIVA: Curia, Caja del Arzobispado y Vicaría Diocesana de Pastoral.
  • JURÍDICA: Vicaría Judicial, Tribunal Eclesiástico. 
  • Seminario Diocesano
  • FORMACIÓN 
  • Institutos de formación bíblico – teológica, y Universidades

QUÉ

RENOVAR ESTRUCTURAS

A todas las estructuras
se pide
:

  • Revisarse (3)
  • Evaluarse (3)
  • Innovarse (1)

La finalidad es para hacer más eficaces las estructuras en el contexto del proceso pastoral del VI Plan Diocesano de Pastoral

CÓMO 

CRITERIOS

  • La espiritualidad
    de comunión (8)
    y participación (1)
  • La sinodalidad (5)
  • Vinculación (5)
  • Comunión (3)
  • Organización (3)
  • Difusión (3)
  • Articulación (2)
  • Trabajo en conjunto (1)
  • Encuentro con Cristo (3)
  • Participación (2)
  • Comprender y hablar el lenguaje actual (2)
  • Asegurar el desarrollo del VI Plan de Pastoral (1)
  • Participación del laico (1)
  • Conversión pastoral (1)

En cuanto a la parte operativa 

  • Subsidios para la revisión de parte de la Vicaría (2)
  • Formación adecuada a líderes (1)
  • Estrategias de evaluación (1)
  • Cercanía operativa (1)

  

EL QUÉ Y EL CÓMO DEL MANDATO:

“RENOVAR LAS ESTRUCTURAS
EN ESPÍRITU DE COMUNIÓN”

La acentuación de la V Asamblea Diocesana de Pastoral es la de renovar las estructuras pastorales. ¿Qué significa renovar? El diccionario dice que renovar tiene varios significados: 

  • Dar nueva fuerza, actividad, intensidad o validez a algo.
  • Volver al estado original.
  • Restablecer el proceso de una obra que se había interrumpido.
  • Cambiar una cosa por otra mejor. 
  • Resultado de una acción que hace recobrar ánimos y energía.

Todos estos significados contienen la idea de cambiar para mejorar. Etimológicamente renovar proviene del verbo sustantivado latino: renovatio, que puede ser entendido como hacer algo como nuevo. En el NT se utilizan tanto la palabra griega néos como kainós para referirse a algo nuevo. Néos es lo nuevo en relación con el tiempo, por lo que puede ser utilizada también para designar lo joven; kainós es lo nuevo en relación a la cualidad de algo, matices o aspectos que se descubren y que antes estaban ocultos u opacados por el olvido. Así, renovarse podría significar rejuvenecer o regenerarse. En general para la SE el concepto de renovación está estrechamente vinculado con el de la Alianza, la que, frente al olvido e infidelidad de Israel, Dios quiere renovar y sellar definitivamente en su Hijo Jesucristo.

Mediante la Alianza, Dios quiere llevar a todos los hombres, como miembros de un pueblo elegido, a vivir en comunión con él. Dios pacta esta Alianza con su pueblo, haciéndolo objeto de su elección y depositario de sus promesas, pero también imponiéndole condiciones que debe observar, expresadas en el Decálogo, a fin de conservar la libertad que Yahvé les ha concedido al sacarlos de Egipto. Esta Alianza se renovaba en momentos cruciales de Israel, pero será motivo de una mayor profundización por los profetas, que denuncian la infidelidad de Israel e invitan a la conversión, es decir, a retomar las exigencias de la Alianza. La conversión de Israel exige la renovación de las estructuras fundamentales del Pueblo de Dios: el Templo y la monarquía. Para los profetas esta necesidad de renovación no está sólo en aspectos jurídicos, sino esencialmente algo espiritual, con una connotación incluso afectiva, revelándola como un pacto de amor incondicional e infinito de Dios por su pueblo Israel. La infidelidad de Israel es como la infidelidad de una esposa, que deberá sufrir las consecuencias de sus actos, pero que no perderá el amor de su esposo, que renovará su alianza con un nuevo pacto en donde se restablezca la paz, sea cambiado el corazón y se reciba el don del Espíritu de Yahvé.

Jesús viene a renovar la Alianza y a sellarla definitivamente. En la Última Cena Jesús anuncia y anticipa la renovación de esta Nueva Alianza por la sangre que se derrama para la remisión de los pecados. Esta Nueva Alianza ya no es de orden legal o jurídico, sino del espíritu, haciendo de los redimidos nuevas criaturas, con un altísima dignidad de ser “pueblo sacerdotal, regio, nación santa” (1Pe 2,9). Para el NT, la renovación de la Alianza tiene que pasar necesariamente por la conversión.

La conversión es un imperativo en el seguimiento de Jesucristo que implica una transformación en la forma de pensar y que repercute en las actitudes y en los comportamientos. En Mc 1,15 cuando Jesús exige a sus discípulos la conversión por la recepción del Reino mediante la fe, está dando un giro a lo que podemos entender de la conversión, sólo desde el ámbito moral: no es primeramente el dejar una vida malvada, sino el acoger en el corazón el Reino que viene por gratuidad y comenzar a tener la mirada de Dios, ampliar los horizontes humanos por la mirada misericordiosa de Dios y en ello comenzar una nueva vida de relación con Dios como Padre y de los otros como hermanos. Según la dinámica de Mc 1,16ss, se nos permite pensar que Jesús llama a sus discípulos para que convertidos a él, es decir, creyentes en él y partícipes del Reino, puedan ser “pescadores de hombres”. La conversión tiene pues un tinte misionero y comunitario, pues eligió a doce y no a cada uno individualmente sin referencia a los otros; por tanto, nos convertimos creyendo o creyendo nos convertimos en un discípulo misionero del Reino de Jesucristo, en pescadores de hombres. La conversión personal, por tanto, tiene un compromiso evangelizador y lleva a someterlo todo al Reino, pues “dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11). En el espíritu de la SE es muy difícil pensar en la conversión individual al margen de la conversión del pueblo y de la renovación que ello implica de sus estructuras. De hecho, desde una perspectiva de la filosofía personalista, deudora del pensamiento cristiano, la conversión personal tiene ya, por el mismo hecho de ser un acto de la persona, una dimensión social y comunitaria.

El libro de los Hechos de los Apóstoles (2,42; 4,32) nos presenta un ideal de Iglesia, que siempre debe ser paradigma para la conversión pastoral y para la consecuente renovación de estructuras. Hay elementos claves como la perseverancia en la enseñanza de los Apóstoles, la fracción del pan, la comunión que lleva a tener un solo corazón, la oración común, la vivencia de la unidad y de la participación en los bienes en común, que permitía que nadie pasara necesidad. Podemos decir que en estos versos se contienen los rasgos esenciales de la Iglesia y de su acción pastoral. Muchos especialistas comentan estas referencias a la Iglesia primitiva más como un ideal a vivir que como una descripción histórica de una comunidad concreta. De hecho, el mismo libro nos narran momentos difíciles para la comunidad cristiana porque muchos se encerraban en sus egoísmos, vicios y pecados; porque algunos querían construir su propia iglesia al margen de la Iglesia de Cristo. El problema de los judaizantes nos pone de manifiesto que la vida de la primitiva comunidad cristiana no fue fácil, pero que tenía criterios claros para suscitar en todos un deseo de revisión y renovación. El Concilio de Jerusalén es la manifestación de que el Espíritu Santo, más allá de nuestras diferencias, conduce a la Iglesia en la comunión, en la participación y en la riqueza de la diversidad, en una palabra, en la sinodalidad.

San Juan en las cartas a las 7 Iglesias, en el libro del Apocalipsis (2-3), hace una llamada a la conversión a la Iglesia y a los obispos, ángeles custodios de éstas. En las comunidades hay situaciones que pueden llevar a la división, a relajar la disciplina del amor por la pereza, el miedo, la tibieza, la tolerancia a doctrinas malas o a la idolatría, y la mediocridad; también invita a la conversión para mantenerse fiel en momentos de persecución y tribulación. Es de mucho provecho ver los criterios que presenta el Apóstol para suscitar la conversión: fijarse dónde se ha caído, recordar el amor primero, no tener miedo, mantenerse fiel hasta la muerte, conservar lo que se tiene, estar vigilante, robustecer a los que no han caído, ser fervorosos, atender al Señor que está a la puerta. Por otra parte, el principio de renovación no puede ser otro que el escuchar al Espíritu de Dios.

De la panorámica bíblica, la renovación tiene una fuerte indicación a la conversión, y tratándose de un mandato a la renovación de estructuras pastorales, como lo indica la V Asamblea, se trata tanto de una conversión personal de los agentes de pastoral, como de una conversión pastoral de métodos y estructuras pastorales. El Papa Francisco, en la segunda parte del primer capítulo de la EG, señala que una característica esencial de la pastoral es su itinerario en un proceso de conversión, como camino de renovación en fidelidad a su vocación. Aquí radica lo esencial de la conversión pastoral y de la renovación de las estructuras: que la Iglesia sea fiel al sueño de su fundador, que sea lo que Jesús quiso de ella: “Tal como Cristo la quiso y la amó como Esposa suya santa e inmaculada” (EG 26). No hay renovación sin una clara referencia a la propia identidad.

San Juan XXIII sugería, con el Concilio Vaticano II, una gran renovación de la Iglesia como una primavera espiritual. El Papa Paulo VI nos enseña que esta renovación será posible en la medida en que demos cauce al “deseo de confrontar la imagen ideal de la Iglesia, tal como Cristo la vio, la quiso y la amó como esposa santa e inmaculada y el rostro real que hoy la Iglesia presenta… Brota, por tanto, un anhelo impaciente de renovación, es decir, de enmienda de defectos que denuncia y refleja la conciencia, a modo de examen interior frente al espejo del modelo que Cristo nos dejó de si” (ES 7.9). El Concilio Vaticano II relaciona la renovación de la Iglesia con la renovación y purificación de cada creyente (LG 15) y reclama una permanente reforma para mantenerse fiel a Cristo: “La Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo a una permanente reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente” (UR 6).

El Documento de Santo Domingo por primera vez utiliza la expresión de “conversión pastoral” cuando afirma: “La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia… lo toca todo y a todos: en la conciencia, en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal” (30). San Juan Pablo II también habla de ello en la TMA y en NMI poniendo como finalidad de la conversión a Jesucristo, como condición de toda renovación; sólo volviendo los ojos a Jesús podemos ser como Jesús. Una renovación que no mire a Jesucristo, corre el riesgo de hacer una nueva Iglesia conforme a los criterios humanos; no se trata de hacer una nueva iglesia a nuestro gusto, sino precisamente en prescindir de nuestros propios imaginarios eclesiales para asumir sólo la “eclesiología” de Jesús. El Papa polaco nos invita a dejar todo antitestimonio que pueda darse en la Iglesia, llevando esto al momento culmen del reconocimiento de los errores históricos de la Iglesia y de la petición de perdón a la humanidad por estos, en el marco del jubileo del año 2000. 

El Documento de Aparecida dedica, de forma mucho más prodiga, algunos números a la conversión pastoral (365-372) y la coloca, como lo hace el Papa en la EG (27), como una necesidad permanente para que la Iglesia sea más misionera, es decir, para que sea más ella misma y cobre y recobre constantemente su identidad, su esencia misionera y evangelizadora. De la misión se debe impregnar todo: las estructuras, planes pastorales y cualquier institución o estructura de la Iglesia; incluso, si fuera necesario, se han de abandonar estructuras caducas que no favorezcan la transmisión de la fe. “La conversión pastoral… exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera… con nuevo ardor misionero” (DA 370). Aparecida enseña que la conversión pastoral es que la Iglesia sea lo que es: sacramento de salvación para el mundo de hoy y cumpla esta misión con la tarea que Cristo le encomendó: evangelizar; sólo desde su identidad y misión la Iglesia podrá convertirse y llevar a los hombres y mujeres de hoy el mensaje liberador de Jesucristo.

Llama la atención, por lo que propone la V Asamblea Diocesana de Pastoral como criterio de renovación de estructuras (la comunión sinodal), que tanto el Documento de Aparecida como el Papa Francisco en la EG, cuando hablan renovación de estructuras la colocan como una exigencia de la conversión pastoral y en ésta juega un papel de suma importancia la espiritualidad de comunión. “La conversión de los pastores nos lleva también a vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación” (DA 368). La espiritualidad de comunión no se trata de una mejora en la operatividad estratégica de las diversas tareas o ministerios, sino de una vivencia de la Iglesia que como Cuerpo de Cristo, goza de diversos ministerios, carismas, dones y servicios del Espíritu Santo que favorecen la unidad orgánica, da vitalidad a la misión y es testimonio de armonía y paz. Sin duda, la comunión vivida como espiritualidad repercute en acciones concretas que hacen atractivo y creíble el anuncio del Evangelio al expresar el amor de Dios vivido en cada una de las relaciones interpersonales, pues fortalece la comprensión, el afecto fraterno, la conciencia y el agradecimiento de las cualidades y virtudes del hermano, de las cuales Dios se vale para evangelizar (cf. VI Plan 110).

Una concreción de esta espiritualidad de comunión está en la formación de diversos consejos en todos los niveles promovidos por el mismo Obispo, reconociendo que el nombre de la Iglesia es Sínodo: saber escucharnos y caminar juntos. La sinodalidad se realiza en la capacidad de escucha recíproca, es decir, la escucha a Dios escuchando a los demás y la escucha a los demás escuchando a Dios, experiencia que hemos gozado en nuestras diversas asambleas pastorales.El clima de la Asamblea Diocesana es de fraternal solicitud por escuchar lo que el Espíritu nos está diciendo por medio de la voz del que toma la palabra” (Folleto de la Naturaleza de la Asamblea). De esta manera, la autoridad ministerial no se realiza como el ejercicio autoritario y arbitrario de poder, semejante a «los jefes de las naciones que dominan sobre ellas y poderosos que les hacen sentir su autoridad» (Mt, 20,25), aunque tampoco se trata de un poder democrático, en el que se escucha sólo horizontalmente, pero no a Dios, y por ello en la democracia las decisiones corresponden a mayorías y no a la voluntad divina.

La capacidad de escucha se concreta pastoralmente en una diócesis en la actitud de consejo, que en pastoral se hace en la forma de consulta y que el Derecho Canónico prevé en la creación de instancias consultivas en la Iglesia como organismos de comunión (can. 495-514). Las asambleas, de hecho, tienen esta función, como lo menciona el folleto de la naturaleza de la Asamblea: “La Asamblea Diocesana es una instancia consultiva del Sr. Arzobispo… es un medio de comunión y participación que permite el ejercicio de la corresponsabilidad de todas las instancias eclesiales, tanto de la pastoral territorial como de la pastoral funcional, de la vida consagrada y de todas las instituciones y estructuras de la Iglesia”. ¿No será necesario también contar con un Consejo Pastoral, que aglutine en torno al Obispo a las fuerzas vivas de la Iglesia y que anime, oriente e impulse el proceso pastoral?

Hemos de tener el cuidado, cuando hablamos de la conversión pastoral y la consecuente renovación de estructuras, de no hacer un examen en orden a la eficacia o a una reestructuración autorreferencial, querer pretender poner a la Iglesia como el centro de todas nuestras preocupaciones, pues sólo Jesucristo es el centro. La mirada en todo proceso de renovación pastoral tiene que ser dirigida a Jesús de Nazaret, como lo mencionaba el Papa San Juan Pablo II. Lejos de esa mirada nos convertimos en ácidos críticos de todos y de todo so pretexto de un supuesto amor a la Iglesia, lo que sembraría pesimismo y desgana y que no tiene su raíz en el Evangelio sino en la soberbia individualista que juzga a partir de un modelo personal de iglesia, renunciando a la única Iglesia de Cristo. Por tanto, el deseo de renovación debe tener su origen en el re-encontrarnos con Jesús, entusiasmarnos por su proyecto, en compartir su pasión por el Reino y en la mirada de amor por su Iglesia, tan necesitada de reforma, comenzando por uno mismo. 

Nos puede ayudar a nuestra revisión personal y de estructuras las actitudes que el mismo Papa Francisco señala tan oportunamente como tentaciones de la acción pastoral o de los agentes de pastoral, que llevan a la mediocridad, al conformismo, a la mundanidad y al ansia de poder. Podemos hacerlo haciendo preguntas a modo de examen de conciencia.

+ ¿Nuestras estructuras ayudan a la formación permanente de los agentes, creando espacios motivadores y sanadores? ¿son espacios de encuentro con Cristo? ¿Han generado la confianza fraterna para compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas? ¿provocan el discernimiento evangélico con los criterios del Reino? 

+ ¿Hay una preocupación exacerbada por defender los espacios individuales de recreo y descanso? ¿Los que laboran en las estructuras se sienten como empleados o realizan su labor como parte de la propia identidad? ¿Nuestras estructuras están sustentadas por una auténtica vida espiritual que lleve al encuentro con los demás, el compromiso por el mundo, la pasión evangelizadora, más allá de algunos momentos religiosos? ¿Nuestras estructuras están impregnadas de mundanidad, en la medida en que queremos ser como las estructuras mundanas o poseer lo que ellas poseen? ¿Relativizamos las opciones evangélicas? ¿Actuamos como si Dios no existiera, como si los pobres no existieran, como si los demás no existieran? ¿Nos hemos dejado robar el entusiasmo misionero?

+ ¿Vemos como amenaza de nuestro tiempo a quien se acerca a pedir un servicio? ¿Nuestra estructura nos motiva a vivir intensamente la espiritualidad cristiana en sus diversos carismas? ¿se genera un clima cristiano de trabajo donde guste y se haga deseable prestar un servicio en esa estructura? ¿nuestra estructura nos agobia, nos cansa, nos deja insatisfechos? ¿hemos hechos planes ilusorios, proyectos irrealizables? ¿nuestra estructura tiene contacto directo con el pueblo de Dios, lo escuchamos, lo atendemos, tocamos su carne sufriente? ¿nos importan más las formas burocráticas, la pose, el trato políticamente correcto, que la fraternidad cristiana? ¿nos hemos dejado robar la alegría evangelizadora?

+ ¿En nuestra estructura actuamos siempre con visión de fe? ¿nos sentimos desencantados o derrotados? ¿sentimos desconfianza? ¿nos hemos dejado robar la esperanza? ¿todas nuestras estructuras tienen contacto con la parroquia, estructura básica y fundamental de la Iglesia? ¿se actúa al margen de la parroquia? ¿se le impone un proyecto supraparroquial? ¿está en comunión con el Obispo?

+ ¿En nuestra estructura descubrimos al otro como don de Dios? ¿sabemos vivir juntos, encontrarnos, tomarnos de los brazos, apoyarnos? ¿se generan relaciones interpersonales sanas de fraterna amistad? ¿es buena nuestra comunicación que produce encuentro y solidaridad con los propios y los extraños? ¿nuestra estructura nos hace capaces de salir de nosotros mismos? ¿nuestra estructura está aislada de otras, genera carrerismo egoísta? ¿somos capaces de recibir la crítica sana de los demás con espíritu cristiano sin dejar de optar por la fraternidad? ¿vivimos la espiritualidad de comunión?

+ ¿Nuestra estructura busca más la gloria de Dios y la salvación de las almas que la gloria de nuestra persona o de algunas personas? ¿nos hemos enriquecido a costa de ella? ¿nos robamos su fama por los éxitos que se consiguen? ¿supeditamos los intereses personas o de la propia estructura a los intereses de Cristo? ¿nos conformamos con aparentar que todo está bien? ¿estamos encerrados en nuestros propios criterios clausurados sólo en nuestras teorías, que nos hacen sentirnos superiores a los demás? ¿nuestra estructura favorece un elitismo narcisista y autoritario? ¿hemos caído en la tentación de clasificar a los demás? ¿terminan siendo controladoras de otras instancias o personas? ¿nos preocupamos más por la estructura que por el Evangelio? ¿nos embelesan nuestros éxitos económicos, nuestras conquistas políticas o sociales? ¿favorecen un estilo de vida no evangélico con reuniones fastuosas, cenas o recepciones que los pobres no podrían tener? ¿nos conformamos con la funcionalidad empresarial? ¿nuestros proyectos tienen como finalidad el Reino o son autorreferenciales pensando sólo en la organización? ¿señalamos, como maestros, lo que se debe hacer pero no nos comprometemos en realizarlo? ¿descalificamos otras instancias? ¿criticamos y descalificamos envidiosamente los éxitos de otras personas o estructuras pastorales?

+ ¿Nuestra estructura favorece la fraternidad o genera envidias y recelos? ¿buscamos más el poder, el prestigio, el placer o la seguridad económica? ¿hay luchas internas o fracciones en grupos contrapuestos? ¿damos testimonio de comunión fraterna y de la espiritualidad de comunión? ¿consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas? 

+ ¿En nuestras estructuras hay espacio para los laicos, especialmente de mujeres? ¿favorecen el compromiso del laico en el mundo, conforme a su misión? ¿reconocemos la intuición y la sensibilidad de la mujer? ¿la estructura favorece el clericalismo? ¿los jóvenes suelen encontrar respuesta a sus inquietudes y espacio en nuestra estructura?

+ ¿Tenemos Alzheimer espiritual, es decir, se nos olvida que somos los primeros en experimentar la miseria del pecado y de la gracia de la salvación lo que nos coloca como destinatarios de la misericordia divina para ser sus agentes? ¿nos sentimos indispensables en la estructura o no hemos capacitado a otros con el fin de perpetuarnos en ella? ¿nos preocupamos más por lo operativo, lo funcional? ¿vemos más importante la planificación sin alma, sin espíritu? ¿hemos asumido la metodología participativa sin dejar participar a los demás? ¿qué tan coordinados estamos; favorecemos la articulación y la vinculación? ¿hemos asumido el VI Plan Diocesano de Pastoral? ¿sabemos tener un espíritu de sinodalidad, de aprender a caminar al paso de los demás? ¿somos capaces de autocrítica? 

José Marcos Castellón Pérez, Pbro. Dr.