Ene-Feb-2014

15 Conferencia Card Robles

Introducción

Los desafíos de la sociedad y de la cultura de nuestro tiempo a la Iglesia en América Latina son numerosos. En diversas ocasiones los obispos hemos afrontado esta cuestión que es recurrente debido a que de modo constante desde la experiencia de la fe estamos llamados a reconocer los signos de los tiempos y la presencia de Dios en medio de ellos[1]. Por ejemplo en el Capítulo II de Aparecida afrontamos “La mirada de los discípulos misioneros sobre la realidad”. En esas importantes páginas hacemos un recorrido por la complejidad que caracteriza a las sociedades de nuestra región desde diversos puntos de vista. Sin embargo, una cosa nos llama la atención desde el inicio de nuestra exposición. Ya sea por la globalización, ya sea por la irrupción de nuevas tecnologías, la información se presenta fragmentada, inconexa, como sufriendo una falta de unidad que genera – entre otras cosas – una peculiar experiencia de “falta de sentido” en los seres humanos[2].

Veamos el texto directamente:

Muchos estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada una crisis de sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso. Habitualmente, este sentido se pone a nuestra disposición a través de nuestras tradiciones culturales que representan la hipótesis de realidad con la que cada ser humano pueda mirar el mundo en que vive, (…) Sin embargo, debemos admitir que esta preciosa tradición comienza a erosionarse, (…) Este fenómeno explica, tal vez, uno de los hechos más desconcertantes y novedosos que vivimos en el presente. Nuestras tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de las expresiones culturales, alcanzando a un la misma familia que, como lugar del diálogo y de la solidaridad intergeneracional, había sido uno de los vehículos más importantes de la transmisión de la fe[3].

En efecto, pareciera que una dinámica social y eclesial a la que estábamos habituados comienza a sufrir “erosión”. La transmisión cultural y religiosa más o menos espontánea que se daba entre las generaciones adultas y los jóvenes, – entre padres e hijos, por ejemplo-, en muchas ocasiones se realiza de manera deficiente o hasta se detiene. Este importante fenómeno queda señalado en Aparecida. Sin embargo, nos hace falta explorarlo con un delicado fenómeno y algunas de las consecuencias que eventualmente genera principalmente para los procesos de evangelización realizados por la Iglesia en América Latina.

  1. Un contexto cultural de difícil lectura

En Aparecida los obispos reconocimos que “en este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja”[4]. Dicho de otro modo, no es fácil interpretar el momento actual. Quienes nacimos antes de 1968 – por poner una fecha emblemática – se nos dificulta entender la nueva atmósfera emergente: sus símbolos, sus lenguajes, sus valores, sus tensiones, sus modos de comunicación.

Ya la Constitución apostólica Gaudium et spes del Concilio Vaticano II indicaba que las condiciones de vida del hombre en la actualidad se han transformado de tal modo que podemos hablar de “una nueva era de la historia de la humanidad”[5]. En ese mismo documento ya se habla de los “cambios profundos y acelerados” que hoy vivimos son una “verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida religiosa”[6].

La Iglesia en América Latina reconoció esta transformación en la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla. Basten recordar los parágrafos 76 al 86, entre otros, para constatar que la conciencia cristiana advierte que un cambio profundo sucede en el corazón de nuestras personas y de nuestros pueblos.

Años después, el propio Papa Juan Pablo II al inaugurar la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo constató que “en nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas” y habló de una nueva “cultura adveniente”, tema sobre el cual desarrolló una amplia reflexión que impactó en el documento final[7].

En el ambiente en torno al Jubileo de la Encarnación los obispos en el CELAM usaron el concepto “cambio de época” al redactar el documento El tercer milenio como desafío pastoral[8], y posteriormente, en uno de los mayores esfuerzos de análisis e interpretación realizados por la Iglesia en América Latina, previo a Aparecida: Globalización y nueva evangelización en América Latina y el Caribe, publicado en el año 2003[9].

En Aparecida, varios de los diálogos versaron sobre este asunto y el fenómeno del “cambio de época” quedó recogido en el documento final[10].

En el Magisterio episcopal mexicano este concepto apareció en el año 2000 y se ha repetido en diversas ocasiones.

Por ejemplo, en el año 2010 con motivo de la reflexión en torno al significado presente de la Independencia nacional y la gesta revolucionaria[11] y más recientemente en nuestro documento Educar para una nueva sociedad[12].

¿En qué consiste, pues, esa “metamorfosis social y cultural”? ¿Qué es el “cambio de época”? Cada etapa de la historia de la humanidad se distingue de las demás no sólo por una periodización arbitraria, sino principalmente por el conjunto de certezas que en el nivel cultural definen la vida de las personas y de los pueblos. De este modo, no es difícil observar en la cosmovisión colectiva diferencias sustantivas entre el mundo precolombino, el periodo colonial, la época de las independencias nacionales y el actual momento latinoamericano, influido fuertemente por la dinámica de la globalización.

Cada una de estas épocas posee un conjunto de valores no cuestionados, que configuran una base sobre la que se desenvuelve la vida de las personas, de las sociedades y de las instituciones. Las épocas cambian cuando el paradigma global con sus certezas fundamentales es cuestionado y parcialmente remplazado.

Hoy podemos constatar que las certezas modernas que habitaron aún en América Latina durante varios siglos dejan su lugar a nuevas certezas “postmodernas”, que declaran agotado el modo de comprender la realidad que los distintos racionalismos ofrecieron en todos los ámbitos.

La nueva sensibilidad emergente en los jóvenes suele estar perfilada por un gran rechazo al afán de precisión matemática, por una fobia al mito del progreso indefinido, y por una vuelta a lo intuitivo, lo instintivo, lo emotivo, lo estético, lo fragmentario, lo parcial, el compromiso ecológico, la valoración mítica de lo autóctono y la ideología de género.

En este peculiar contexto quienes tenemos que anunciar el Evangelio no podemos hacerlo prescindiendo de los nuevos métodos y expresiones que las nuevas generaciones nos demandan. Dicho de otro modo, una primera razón por la que me parece que existe una dificultad de transmisión intergeneracional de la fe precisamente radica en la dificultad que encontramos para “leer” con atención el cambio de época que estamos viviendo.

No quiero llamar a un superficial “ponerse a la moda” para acercarnos a los nuevos mundos juveniles.

No me refiero a un ajuste “cosmético” o “mercadológico” en materia pastoral.

Es la lógica de la Encarnación la que siempre nos exige acoger todo lo humano, menos el pecado, para reproponer con nuevo vigor misional la novedad que representa la Persona de Jesucristo[13].

Nuestros métodos de Evangelización requieren una reconsideración profunda que permita comunicar con cercanía, sencillez, calidez y transparencia cristiana, es decir, la fe vivida y que da contenido a lo que luego, con esfuerzo, se aprende y se profundiza a través de la razón.

  1. Una religiosidad que explora

Una segunda razón por la que me parece que la transmisión de la fe encuentra dificultades en nuestra región se debe a una nueva sensibilidad que explora las diferentes alternativas religiosas como si fueran parte de las opciones que nos brinda el mercado. El Cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ en el libro-entrevista El Jesuita nos dice a este respecto:

Algunos eligen una misa por cómo predica el sacerdote. Pero a los dos meses dicen que lo que no funciona bien es el coro y entonces vuelven a cambiar. Hay una reducción de lo religioso a lo estético. Se va cambiando de góndola en el supermercado religioso. Es la religión como producto de consumo, muy ligada, a mi juicio, a un cierto teísmo difuso llevado adelante dentro de los parámetros de la New Age, donde se mezcla mucho la satisfacción personal, el relax, el “estar bien”, (…) Diría que lo grave sería que todo eso estuviera expresando la falta de un encuentro personal con Dios, de una auténtica experiencia religiosa. Esto es lo que creo que está en el fondo de la “religión a la carta”. Considero que hay que recuperar el hecho religioso como un movimiento hacia el encuentro con Jesucristo”[14].

En efecto, la desconfianza postmoderna a las instituciones y a las normas, hace que la religiosidad mute de maneras impredecibles y se deje guiar en muchas ocasiones por criterios ajenos a la razón.

En México, tenemos muestras elocuentes de ello, en numerosos grupos y sectas que a diferencia de las comunidades eclesiales históricas, no poseen un corpus doctrinal claramente definido, una teología madura, sino más bien un arsenal de medios emotivos y en ocasiones hasta supersticiosos que se mezclan con algunos signos o lenguajes procedentes de cultos prehispánicos y de la fe católica sembrando una gran confusión. De inmediato se me viene a la mente, el culto a la llamada “santa muerte” en la que la Virgen María es sustituida por una imagen femenina o en ocasiones andrógina que simboliza la muerte y a la que se le da una interpretación como entidad sustancial enviada por Dios[15].

En este, como en otros casos, el sincretismo prehispánico-católico, una práctica moral relajada que tolera abiertamente la homosexualidad y diversos elementos estéticos y emotivos ambientan una atmósfera que atrae a numerosas personas con poca formación católica auténtica.

Si existen dificultades de transmisión de la experiencia de la fe, también estas en parte descansan en esta nueva religiosidad fluente, mercantil, sincrética y laxa en materia de moralidad.

Por ello, la indicación del Papa no puede ser más oportuna: hay que recuperar no sólo la retórica en torno al concepto de “Cristo” sino “el hecho religioso como un movimiento hacia el encuentro con Jesucristo”.

En este terreno, como en tantos otros, no basta hablar correctamente sino mostrar que a Quien seguimos no es a un taumaturgo del pasado, a un recuerdo melancólico de una cierta tradición, sino a una Persona viva que se hace encuentro y es contemporánea a nosotros en todo momento. Hay que mostrar la verdad de nuestra fe con hechos: con pertenencia empírica a la comunidad de discípulos-misioneros y desde ahí ofrecer con la propia vida una experiencia de encuentro que conmocione tanto los efectos como la razón.

  1. Un evangelio que se reduce a cultura

Explorar unilaretalmente el “cambio de época” o la nueva religiosidad emergente asociada a éste, podría dar la impresión que las dificultades que poseemos para la transmisión de la fe principalmente se sitúan en el mundo, en aquello que está fuera de la Iglesia. Y esto no es así.

La Iglesia, está verdaderamente inmersa en el mundo y sus problemas. Su instalación en el tiempo se da como una comunidad que habita entre otros muy diversos grupos humanos. Esto es importante decirlo para evitar creer de manera tácita o explícita que los problemas que hoy enfrentamos para la transmisión de la fe son puramente exteriores. Más aún, si nos fijamos atentamente, existe un problema capital que no puede ser achacado a fuerzas externas a la propia Iglesia.

Todos sabemos que la fe está llamada a hacerse cultura. El Beato Juan Pablo II decía: “la síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”[16].

Esto requiere decir que la relación entre fe y cultura es muy estrecha. Si la fe no se manifiesta alegre y propositivamente en la cultura de nuestras sociedades la novedad del cristianismo no acontece como propuesta de acogida integral de todo lo auténticamente humano.

Sin embargo, en algunas ocasiones, la cultura que ha surgido de la fe subiste de alguna manera sin la experiencia de la fe que le dio origen.

¿A qué me refiero? A que en ocasiones, la fe en la Iglesia, en las comunidades y en las familias se ha transmitido ante todo como bagaje cultural, como educación moral, como conjunto de valores, pero sin Cristo. Y una fe sin Cristo, reducida a meros valores, pierde su atractividad y su pertinencia.

No basta transmitir la fe como un legado axiológico. No basta intentar compartir el cristianismo si lo hemos reducido a una mera tradición cultural, ritual, folclórica o social.

A este respecto, vale recordar que una de las cosas más llamativas y constantes en la enseñanza de Benedicto XVI ha sido la crítica al moralismo, es decir, la reducción ideológica del cristianismo a valores éticos. Poco antes de ser elegido Pontífice anotaba:

La tentación de transformar el cristianismo en moralismo y de concentrar todo en la acción moral del hombre es grande en todos los tiempos (…) Creo que la tentación de reducir el cristianismo a moralismo es grandísima incluso en nuestro tiempo (…) Dicho de otro modo, Agustín enseña que la santidad y la rectitud cristianas no consisten en ninguna grandeza sobrehumana o talento superior. Si fuera así, el cristianismo se convertiría en una religión para algunos héroes o para grupos de elegidos”[17].

Ya siendo Papa, esta misma convicción la colocó al comienzo de su primera Encíclica, Deus Caritas est:

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[18].

Y ahora el Papa Francisco, profundizando en esta misma idea, nos ha dicho tanto en la entrevista que le concedió al P. Antonio Spadaro SJ, como en otros momentos, que es preciso evitar saturar a las personas de enseñanzas morales – ¡correctísimas! – sin haber antes anunciado la ternura y la compasión con la que Jesucristo Resucitado se acerca, abraza y vence el pecado del pecador[19].

Permítanme decirlo de manera más breve: El kerygma no es la moral cristiana.

El kerygma no es una costumbre “tradicional” o una cierta “práctica social”.

El kerygma es el anuncio breve y gozoso de que Jesús es una Persona viva y encontradiza que con su Resurrección ha derrotado a mi pecado y a mi muerte.

Precisamente, este anuncio, coloca las bases para que la moral y la cultura gocen de la fuente verdadera de su vitalidad. Fuente que ellas no se dan a sí mismas sino que procede de Otro, de Aquel por el que el ser humano alcanza verdadera Vida.

Cuando el cristiano se reduce a costumbre, a normas morales, a rituales sociales, más pronto que tarde pierde su vitalidad y su interés existencial para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.

Al decir esto, es muy fácil que alguien piense que entonces la moral cristiana pudiera ser considerada como algo irrelevante o como algo prescindible. Y esto no es así: la moral cristiana, la cultura cristiana, los valores cristianos son parte del gesto con el que manifestamos “lo nuevo” que hemos encontrado en Jesucristo.

Dicho de otro modo: lo que nos falta es “recomenzar desde Jesucristo”.

Recomenzar desde la experiencia de misericordia que nos ofrece aunque hayamos pecado. Y, en segundo lugar, reformar la vida con ayuda de la gracia para nuestra libertad no nos aliene sino al contrario nos realice conforme al plan de Dios.

Cuando la vida moral se afirma sin Jesucristo, aunque su formulación teórica sea correcta, no logra penetrar el corazón y mucho menos convertido. Quien salva, sana y transforma es Jesucristo. La moral cristiana que tanto hace falta en nuestras comunidades, sólo se vuelve practicable por medio de la fuerza que El nos comparte, por medio de la gracia.

Ella es la que nos hace eventualmente perseverar en la virtud y la que además nos da la paciencia y la bondad necesarias para anunciarla de una manera que toque el corazón de las personas y no las aleje de la fe.

Un cristianismo que se confunde con una mera tradición cultural se vuelve indistinguible de otras propuestas también basadas en “valores” y no convence a las nuevas generaciones.

Jesucristo es una Persona, no es un concepto. El es el que puede “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

  1. A modo de conclusión: la pertinencia providencial del Papa Francisco

Mucha tinta se ha vertido para comentar la elección del Papa Francisco y su significado. Hasta la prensa que es adversa a la Iglesia ha tenido gestos y palabras de acogida, de sorpresa y de curiosidad ante la persona del Sucesor de Pedro. Dios actúa en su Iglesia, y la elección del Vicario de Cristo, no es ajena a esta acción.

Desde mi punto de vista, la peculiar sensibilidad, personalidad y formación de nuestro actual Papa nos permiten entender mejor que nunca cuál es el desafío más esencial que el contexto ofrece para la Iglesia en América Latina.

Este desafío no es otro que anunciar la Buena noticia de siempre de una manera así de elemental, así de esencial que se vuelva cercana, cálida y atenta a las necesidades, lenguajes, heridas y formas de ser de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Esto implica ciertamente una cierta “creatividad”.

Sin embargo nos engañaríamos si no reconociéramos que lo fundamental es simplemente serle fieles al Acontecimiento que significa Jesucristo.

El Papa nos ofrece hoy con su palabra y con su gesto, un ejemplo magnífico de cómo reproponer el Evangelio, de cómo transmitirlo a las nuevas generaciones sin temor y sin parálisis.

El Papa Francisco nos dice: “Nuestro Señor Jesucristo irrumpe en nuestra historia – marcada por la vulnerabilidad – con un dinamismo imparable, lleno de fuerza y de coraje. Éste es el kerygma, el núcleo de nuestra predicación: la proclamación rotunda de esa irrupción de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado, en nuestra historia”[20].

Nosotros como discípulos y misioneros, deseosos de afrontar este desafío que va a la raíz, no podemos más que seguirlo con gran confianza, sabedores que Jesucristo nos acompañará siempre y nos invitará a colaborar con El para la salvación de los hombres.

 

 

[1] Además de las Conferencias Generales realizadas en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida, véase: CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO, Globalización y Nueva Evangelización en América Latina y el Caribe, Reflexiones del CELAM 1999-2003, CELAM, Bogotá 2003.

[2] Cf. CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento conclusivo, CELAM, Aparecida 2007, nn. 33-37. Citaremos en adelante como Aparecida.

[3] Aparecida, nn. 37-39.

[4] Aparecida, n. 36.

[5] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 54.

[6] Ibidem, n. 4.

[7] JUAN PABLO II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano “Nueva evangelización, promoción humana, cultura cristiana”, nn. 20-24.

[8] El tercer milenio como desafío pastoral. Informe CELAM 2000, Bogotá 2000, nn. 149-216.

[9] Globalización y nueva evangelización en América Latina y el Caribe. Reflexiones del CELAM 1999-2003, CELAM, Bogotá 2003, n. 16.

[10] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida. Documento conclusivo, CELAM-CEM, México 2007, n. 44.

[11] Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, CEM, México 200, n. 246; Exhortación Pastoral Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, CEM, México 2010, implícitamente en n. 84; Carta Pastoral Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria, CEM, México 2010, nn. 75-80.

[12] CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO, Educar para una nueva sociedad, CEM, México 2012, n. 2.

[13] Esta es la propuesta programática esencial que encontramos en: JUAN PABLO II, Redemptor hominis.

[14] S. RUBIN-F. AMBROGETTI, El Jesuita, Vergara, Bs. As. 2010, pp. 80-81.

[15] Cf. F. LORUSSO, Santa Muerte. Patrona dell’umanita’, Stampa Alternativa-Nuovi Equilibri, Viterbo 2013.

[16] JUAN PABLO II, Discurso para la creación del Pontificio Consejo para la Cultura, 20 mayo 1982, n. 2.

[17] J. RATZINGER, “Presentación del libro El Poder y la Gracia. Actualidad de San Agustín” en 30 Giorni, n. 5, 2005.

[18] BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, n. 1.

[19] Cf. FRANCISCO, “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos”, Entrevista realizada por ANTONIO SPADARO SJ, para la Civilta’ Cattolica, septiembre 2013.

[20] JORGE MARIO BERGOGLIO, El verdadero poder es el servicio, Editorial Claretiana, Bs. As. 2007, p. 197.