El Papa y la Santa Sede

Arturo Mari, el fotógrafo al que Juan Pablo II trataba como a un hijo

Arturo MAri

La suya es una historia de esfuerzo, entrega y sacrificio. Arturo Mari tenía solo 16 años cuando empezó como fotógrafo del Vaticano, un 9 de marzo de 1956. Desde ese momento, dedicó 55 años de su vida a inmortalizar los momentos más importantes de seis papas distintos.

05/Ago/18  Rome Reports

Desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, congelaba esos momentos en el tiempo. Pero su relación más especial fue con Juan Pablo II, de quien se hizo amigo durante el Concilio Vaticano II. Ninguno de los dos imaginaba que uno acabaría siendo Papa y que el otro sería el primero en fotografiarlo tras la fumata blanca.

“De un momento al otro, vemos la fumata blanca. “Habemus papam… Karol Wojtyla” La gente se preguntaba… ‘¿Pero este es africano?’ Yo grité… ¡Era él! Casi me dio un infarto de la alegría. Estaba fuera de la Capilla Sixtina y abrieron la puerta. Iba a entrar cuando a dos metros de mí lo vi. Me miró, me sonrió y luego hizo… En el sentido de: ‘Mira cómo voy vestido’. Me abrazó, me bendijo y me fui corriendo a trabajar”.

Desde ese momento, Arturo era la sombra de Juan Pablo II. No faltó ni un día al trabajo, a pesar de tener solo cinco días de vacaciones al año. Esto hizo que ambos pudieran conocerse tanto, que su relación acabaría siendo casi paternal.

“Durante 27 años, desde el primer hasta el último día yo estuve ahí con él. Puedo decir que él me trató como a un hijo, yo lo veía como un padre. Él tenía tiempo para preguntarme cómo estaba, si iba todo bien en casa, con mi mujer… Habló hasta tres veces con mi mujer y a día de hoy todavía no sé qué le dijo. Siempre que le pregunto a ella me dice: ‘¡No es problema tuyo!’”.

Estos 27 años junto al pontífice se llenaron de momentos que lo marcarían para el resto de su vida. El más duro y a la vez bonito, asegura, fue el día en el que se despidieron. El Papa pidió que lo llamaran para que fuese a visitarlo a su habitación.

“Le dijeron: ‘Santo Padre, está aquí Arturo’. Él estaba acostado en la cama y se giró lentamente, cuando lo vi me dio un vuelco el corazón. Tenía una sonrisa, unos ojos, que no veía desde hacía meses. Me conmovió tanto que me arrodillé ante él. Él me acariciaba la cabeza, me bendijo las manos durante unos minutos. Al final me dijo: ‘Arturo, gracias. Gracias’.”.

Deja en manos de la suerte el éxito que generaron algunas de sus fotos, asegura que se trata de estar en el momento adecuado en el sitio adecuado. Asegura que la clave para tantos años de trabajo no es más que una: la humildad. Una lección que aprendió de Juan Pablo II.

“Como fotógrafo el gran secreto es entrar en el carisma de la persona que tienes delante. Si no lo sientes, nunca lo harás bien”.

Arturo conserva cada una de las cámaras que lo acompañaron durante toda su vida, incluso una de ellas le llegó a salvar la vida en una revuelta en Bogotá. Un trabajo que le permitió dar a conocer a Juan Pablo II mejor que nadie.