En Guadalajara

El MÁRTIR ajusticiado por negarse a celebrar la MISA

MIGUEL DE LA MCosa de no creerse, el sacerdote Miguel de la Mora fue ajusticiado por este fin, en Colima.

Pbro. Tomás de Hijar Ornelas.

EL 7 de agosto de 1927, en las caballerizas del destacamento militar de la ciudad de Colima, por órdenes del General de Brigada Ignacio Flores Farías, se fusiló al presbítero Miguel de la Mora de la Mora, de 53 años de edad y 21 de ministerio por negarse a celebrar la misa en la catedral de Colima estando suspendido el culto público en México. Reconocido como mártir de la fe, fue canonizado en Roma en el año 2000 y hoy sus reliquias se veneran en aquel recinto.

LA BARBARIE COMO MÉTODO MILICIANO DURANTE LA CRISTIADA

LA aversión católica de los mandos milicianos durante la Guerra Cristera tiene muchas causas: su adhesión a la masonería es una pero la más importante es, sin duda, no estar a cargo de militares de carrera, pues el verdadero Ejército Federal fue disuelto el 13 de agosto de 1914 al firmarse los Tratados de Teoloyucan, en el marco de la capitulación de la Ciudad de México, sino por seguidores y simpatizantes de Venustiano Carranza remunerados con grados militares que borraron el honor y la disciplina propias de la academia militar, al grado que de buenas a primeras, forajidos, bandoleros y ventajosos de toda laya se vieran a cargo de los vacíos al sistema de derecho derivados de este suceso.

 

IGNACIO FLORES FARÍAS

A tal linaje perteneció Ignacio Flores Farías, uno entre los muchísimos neomilicianos norteños que se enseñorearon de México. Nació en Ramos Arizpe, Coahuila, en agosto de 1894, hijo de Román Flores y María Concepción Farías. Se le bautizó en el templo parroquial de San Nicolás Tolentino de esa ciudad. Apenas alcanzada la mayoría de edad se dio de alta en el cuerpo de carabineros del Estado con el grado de teniente. En 1913 traicionó esta causa para afiliarse al carrancismo con el grado de capitán segundo, quedando a las órdenes de Francisco Coss, que lo ascendió a capitán primero en 1914, a teniente coronel y coronel en 1915 y también a jefe de su estado mayor cuando Carranza lo hizo gobernador militar de Puebla.

EN 1927, haciéndose cargo de la guarnición militar de Colima, Ignacio Flores practicó la extorsión como una forma de medrar, según lo demuestra el prestigioso académico Servando Ortol en su artículo “Colima cristera: la guerra de los mil días”.

FATALIDAD O VOLUNTAD DIVINA…

EL paso de Flores Farías por Colima fue fugaz y trágico, pues coincidió con la fase activa de la resistencia católica. Enrique de Jesús Ochoa recuerda en su libro ‘Los cristeros del volcán de Colima’ que en el corazón de este miliciano callista “ardía un grande odio hacia los católicos” y que en Colima fue “duro e impío”, pues “a los católicos los trató generalmente no sólo con rigidez militar, sino con inhumanidad”.

SU estancia en la capital de ese Estado costeño fue durante el período en el que los obispos habían prohibido al clero administrar los sacramentos en el interior de los templos.

ARRIBÓ del Gral. Matías Ramos a Ciudad Juárez el 14 de marzo de 1929. El segundo de izquierda a derecha es su asistente, el Gral. Ignacio Flores Farías.

PARA paliar el disgusto que la medida provocó en los fieles, que le achacaron al gobierno la suspensión del culto en las iglesias, el gobierno anticatólico procuró por todos los medios que en los templos hubiera misa, tal y como intentó hacerlo el general Flores, cuando supo que frente a su casa vivía el presbítero Miguel de la Mora, a quien sometió a un proceso, cuya sentencia consistiría en abrir al culto divino nada menos que a la catedral, en abierta rebeldía contra su obispo, Don José Amador Velasco que se hallaba refugiado en la zona montañosa de su diócesis.

PRUDENTEMENTE, apenas pudo don Miguel huyó de la ciudad, pero en el camino fue denunciado. De nuevo ante el general Flores, este dispuso su inmediato fusilamiento y cumplida la sentencia, sepultar su cadáver en una fosa común del cementerio municipal.

EL general Flores murió en agosto de 1936, a la edad de 42 años. Dejó viuda a Consuelo Díez que le dio tres hijos: María del Consuelo, Luz Elena y Miguel Alejandro. En su ciudad natal una calle y un jardín llevan su nombre.