Proceso Diocesano

LINEAS COMUNES DE ACCION

La pasada Asamblea Diocesana de Pastoral, en el último plenario, propuso al Sr. Arzobispo 22 líneas comunes de acción, sin que se llegaran a definir en ese momento y sin que nuestro Pastor las asumiera para el VI Plan Diocesano de Pastoral, tal y como fueron presentadas. Algunas de ellas, ya sea por su forma o contenido, no podían asumirse, tal cual, como líneas de acción; sin embargo, en ellas latía un espíritu evangelizador y una invitación perentoria a la acción. Por ello, se pensó más bien que estas propuestas fueran trabajadas, en espíritu de fidelidad a la Asamblea y siguiendo la metodología participativa, por el Equipo Base de la Vicaría Diocesana de Pastoral, junto con un equipo de sacerdotes y laicos con conocimiento y experiencia pastoral.

El pasado jueves 17 del mes en curso se tuvo la reunión de este equipo ampliado y se llegaron a 7 líneas comunes de acción que se presentarán al Sr. Cardenal para que las revise, las corrija, las acepte, las asuma y las publique. Los criterios que se tuvieron para la redacción, además de los ya descritos en el material de la Asamblea, fueron los siguientes:

Que se fuera fiel al espíritu (no a la literalidad) de las propuestas de la Asamblea Diocesana de Pastoral. Que se parta de lo más recurrente.

Que fueran de carácter universal, es decir, que pudiera ser cauce para la acción pastoral de todas las personas y de todas las instancias y en todos los niveles.

Que tuvieran presente, con mucha claridad, el objetivo diocesano, sin que se repitieran los elementos de este, sino una concreción práctica.

Que su redacción sea sencilla, impactante y operativa; que generen actitudes y lleven a la acción.

Se llegó por consenso a la siguiente redacción de las líneas comunes de acción:

1.- Propiciar el encuentro personal con Cristo vivo en todas las instancias y tareas pastorales.

La evangelización, que es nueva en su ardor, comienza en el corazón de cada persona que encuentra a Cristo como el gran tesoro de su vida, por el que se es capaz de relativizar todo. Del encuentro con Cristo nace la vida cristiana y el deseo vehemente de llevar la buena noticia del Evangelio a todos, con parresía, con gozo y valentía. Del encuentro nace el itinerario formativo del discípulo misionero que lo induce a la misión, siempre en una permanente conversión personal y pastoral, en fiel seguimiento de Jesús y en comunión con la comunidad eclesial. Es tarea de la Iglesia y de todos los agentes de pastoral propiciar, en nosotros (ad intra) y en todos (ad extra), en todas las tareas que realizamos y en todas las instancias eclesiales, el encuentro vivo, existencial y transformador con Cristo, especialmente atendiendo a los lugares de encuentro que nos señala el documento de Aparecida. A la luz del encuentro con Cristo, que es la razón por la que se es cristiano, se deben revisar nuestras personas, estructuras y métodos pastorales.

2.- Asumir la espiritualidad de comunión como cimiento e inspiración de toda acción pastoral.

Como Cuerpo de Cristo la Iglesia goza y agradece los diversos ministerios, carismas y dones que el Espíritu suscita en ella. La diversidad es un gran don del Espíritu, por lo que nunca puede ser ocasión de división ni de fragmentación. Nuestra Iglesia de Guadalajara ha sido bendecida por el Espíritu en la abundancia de estos ministerios carismas y dones, que poniéndolos al servicio de toda la Iglesia y alejando siempre todo mezquino interés sectario, hace florecer la vida de Cristo en nuestra sociedad hasta llegar a convertirnos en agentes de transformación social. La Iglesia debe ser “casa y escuela de comunión” porque con todas sus acciones hace presente el Reino de Dios, que es comunión con Dios y comunión con los hermanos. La comunión hace creíble la misión y orienta con mayor facilidad todas las acciones a la consecución de un objetivo común. Podemos más juntos que cada “genio” desde su trinchera. Por otra parte, la espiritualidad de comunión fortalece la comprensión y el afecto fraterno, la solidaridad, la subsidiaridad, la  corresponsabilidad, la conciencia y el agradecimiento de las cualidades del hermano, de las cuales Dios se vale para evangelizar; igualmente, evita las envidias, el carrerismo clerical y un ambiente de competencia malsana en el ámbito pastoral.

3.- Asegurar la creación y fortalecimiento de espacios y procesos de formación integral.

La formación integral de los agentes de pastoral es una de las prioridades diocesanas, por lo que hay que encausarla en la creación o fortalecimiento de los espacios y procesos de formación. Esta línea invita a dos cosas: la primera es tomar conciencia de que toda acción pastoral debe ser formativa, ya que debe llevar a quien la realiza como agente (misionero), o quien es interlocutor (receptor activo), a un encuentro  o a un reencantamiento con Cristo, de tal forma que sea el inicio o re-inicio de su proceso formativo como discípulo misionero; no debemos perder de vista que el sentido de todas las acciones de las tareas fundamentales de la pastoral existen para hacernos discípulos misioneros de Jesucristo. La segunda es asegurar que, de forma explícita y metódica, existan lugares y momentos para la formación integral de los agentes, siempre conforme a las posibilidades de cada instancia. Por otra parte, nos exige respetar el carácter progresivo de la formación, que por ello, debe ser permanente. La apuesta pastoral por los procesos, desde el inicio con la catequesis infantil hasta la formación permanente del clero, es la de favorecer no el sacramentalismo o la vivencia aislada e intermitente de eventos religiosos, sino el seguimiento de Cristo y la madurez humana, espiritual, doctrinal y pastoral de todos.

4.- Situar y asumir toda acción evangelizadora en el marco de nuestro proceso pastoral.

La evangelización se realiza a través de procesos de seguimiento de Cristo y de eventos puntuales. Los eventos nunca deben romper con los procesos, sino deben potenciarlos, así como los procesos deben ayudar a enmarcar los eventos en el caminar pastoral de la comunidad y rescatar de ellos su potencial transformador. Cuando se habla de proceso pastoral se tiene de trasfondo una teología de la historia, es decir, se ve la acción pastoral desde la perspectiva del plan de salvación obrado por Dios en su Hijo Jesucristo y por el impulso vivificador del Espíritu. Dios no actúa la salvación de forma intermitente, sino que todas sus intervenciones las encamina pedagógica y gradualmente a su finalidad última, escatológica, de la comunión perfecta con el Dios Amor Trinidad; la misma creación tiene este horizonte escatológico y se inserta en la única economía de salvación. Toda acción pastoral, en cuanto inserta a un proceso, debe ser una realización actual y auténtica, aunque sea parcial y penúltima, del “para qué” del objetivo; en este sentido toda nuestra pastoral debe estar encaminada a fortalecer nuestras comunidades eclesiales y a la transformación de la sociedad por la vida nueva de Cristo. Por ello, la acción pastoral, acción de la Iglesia que prolonga la obra salvífica de Cristo, se debe insertar en el plan de Dios, concretado en un plan pastoral, que partiendo del Obispo, da garantía de fidelidad a Cristo, comunión eclesial, la búsqueda y la consecución de un objetivo común; al mismo tiempo, da un amplio margen a la libre creatividad, en cuanto que son diversas realidades. Podemos decir que se trata de mirar el mismo horizonte, caminar hacia él, pero cada quien desde su propio contexto, con los pies bien puestos en “su” tierra.

5.- Acentuar la solidaridad y la salida a las periferias en la formación espiritual del discípulo misionero.

El proceso formativo del discípulo misionero, cuyos espacios y procesos deben ser creados o potenciados conforme a la línea 3, tiene una acentuación en la solidaridad y la salida a las periferias, por nuestro contexto social y eclesial. La vida nueva en Cristo, que abarca la vida de la gracia y la calidad de vida aquí y ahora, crea lazos de solidaridad entre las personas y crea o potencia estructuras que la promuevan; en nuestro contexto tan marcado por las desigualdades sociales, una lacerante pobreza y una grave descomposición del tejido social, es conveniente y urgente que los agentes de pastoral se formen en el valor social de la solidaridad; la espiritualidad cristiana no se puede realizar al margen o dando la espalda al hermano sufriente, sino crucificándose en el dolor con él, a fin de hacerlo partícipe de las riquezas de la salvación, tanto del orden material como espiritual.  De la misma manera, el proceso formativo lleva necesariamente a la misión, a salir fuera de sí mismo, dejar de ser autorreferenciales e ir a las periferias geográficas y/o existenciales de nuestra sociedad para anunciar la alegría del Evangelio; reconocemos que la cultura está sufriendo una profunda transformación secularista y atea, pero también reconocemos que el corazón del hombre siempre estará abierto a la verdad, al bien y a la belleza, contenidas en el Evangelio de la vida y que nosotros tenemos la gracia de testimoniarlo.

6.- Anunciar a Jesucristo y su evangelio con un lenguaje comprensible, testimonial y significativo a los hombres y mujeres de hoy.

Nos damos cuenta de la dificultad de darnos entender a las nuevas generaciones que han creado un nuevo lenguaje, una nueva forma de comunicar-se. No se trata sólo de un problema técnico, sino sobre todo antropológico y hermenéutico. Se ha pasado del lenguaje de la palabra y de la razón al del sentimiento, del símbolo y de la imagen. La tarea evangelizadora de la Iglesia nunca ha renunciado a la “traducción” de los perennes contenidos de la revelación a nuevas vasijas conceptuales: del mundo hebreo a la cosmovisión griega; del simbolismo mistagógico a las formulaciones metafísicas; de la escolástica a la existencia y a la historia. Hoy nos toca a nosotros conocer, entender y utilizar el lenguaje de nuestros contemporáneos para hacer comprensible, atractivo y significativo el único mensaje de salvación. Para el cristiano, el mensaje se une irremediablemente con el mensajero, de tal forma que, utilizándose el lenguaje que se utilice, el testimonio de vida será siempre la manera más elocuente de anunciar y hacer presente a Cristo.

7.- Impulsar el  protagonismo de los laicos en la transformación evangélica de la sociedad y su participación en la Iglesia.

Los laicos tienen una tarea específica dentro de la Iglesia y del mundo. En la Iglesia participan con sus carismas, no como colaboradores de los clérigos, sino con pleno derecho por el sacerdocio común del que participan desde el bautismo. Ofrecen a Dios el sacrificio existencial de su propia vida y reciben, de los legítimos pastores, el pan de la Palabra y de la Eucaristía para su sustento espiritual, participando de la vida de Cristo. También ejercen una función en el mundo, al que deben siempre impregnar de los valores del Evangelio, como el fermento en la masa. No se debe clericalizar a los laicos ni hacer de los clérigos unos promotores activos de la sociedad, tomando partido por una ideología. Los laicos deben formarse como discípulos misioneros para que ejerzan su misión con liderazgo en todos los campos, especialmente en el de la cultura, de la política y de la economía, a fin de que la vida nueva de Cristo impregne toda la sociedad. En nuestra diócesis todavía se extraña el liderazgo social de los beatos Anacleto González Flores, Luis Padilla y los hermanos Vargas, entre otros.