En Guadalajara

Respeto y dignidad de los cuerpos humanos

Escudo Cardenal Robles

21 de Septiembre de 2018

Comunicado

Los cuerpos no reclamados que saturaron el espacio destinado para ello en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses se convirtió en un tema de conocimiento e interés público. Como todos sabemos, se optó por alquilar dos trailers con refrigeración, para mantenerlos en sitio aparte, hecho que ha causado indignación en la sociedad. Habiendo recibido la solicitud de muchos fieles de conocer lo que enseña la doctrina católica sobre el respeto y la dignidad de los cuerpos de los difuntos, expreso, como Pastor de esta Iglesia de Guadalajara, algunas consideraciones al respecto.

Profesar: “Creo en la resurrección de los muertos”, es afirmar algo esencial de la fe cristiana. San Pablo nos dice que “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1Cor 15,14). La existencia humana, por tanto, no concluye con los años que se vivan en el mundo, pues Jesucristo, al resucitar, nos ha hecho partícipes de la eternidad.

La dignidad de todo individuo no se pierde, ni aún después de la muerte; los restos humanos exigen el respeto debido a quien en vida fue una persona, “imagen y semejanza de Dios”, que espera, por los méritos de Jesucristo, ser rescatada y salvada para la vida eterna. No pueden ser lo mismo los despojos de la naturaleza inanimada que los restos de quien vino a la existencia por un designio divino. La muerte no es el fin, la anulación, la eliminación, ni mucho menos, la extinción de una persona humana.

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma: y, al desahacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo».

La inhumación, por su parte, es una forma de manifestar la fe en la Resurrección, pues con ello se entiende que se reposa con la firme esperanza de ser un día despertado para la luz eterna del Cielo.

Además de responder a una antiquísima tradición de sepultar a los muertos, sabemos que ha sido considerada una obra de misericordia corporal. Las sociedades de todos los tiempos y culturas han dispuesto lugares adecuados para la inhumación de sus difuntos; espacios que manifiestan la compasión, el respeto y la veneración hacia aquellos que compartieron nuestro mismo peregrinar.

Los acontecimientos mencionados ponen en evidencia un proceso de deshumanización lamentable y gradual en nuestra sociedad, que nos ha ido permeando, y son, al mismo tiempo, una manifestación de la violencia desatada en la que vivimos, y que nos hace deducir que las instituciones de gobierno han sido rebasadas.

Con la falta de cuidado y atención a los cuerpos que no han sido identificados, crece el desaliento de las personas que esperan encontrar a sus seres queridos.

Por razones sociales, humanitarias, religiosas y de salud pública, es urgente seguir los procedimientos adecuados para obtener y archivar cuidadosamente la información genética que pueda llevar en el futuro a la identificación de los restos de quienes ahora permanecen en el anonimato.

Hacemos un llamado, entonces, al debido respeto y honorabilidad por los seres humanos en cualquiera de sus circunstancias, desde el más vulnerable e indefenso hasta el más desconocido e ignorado. Cualquier hálito de existencia humana es muestra de la bondad del Creador.

 

+ José Francisco Cardenal Robles Ortega.

Arzobispo de Guadalajara.