En Guadalajara

Sacerdotes santos, para santificar

sacerdotes santos 1El jueves 28 de mayo se celebró la Solemnidad de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote en la Arquidiócesis de Guadalajara, con la presencia de unos 200 Presbíteros.

Rebeca Ortega Camacho

El Templo Expiatorio Eucarístico Diocesano, como ha sido tradición, fue la sede de tan importante Celebración, que año con año reúne a los Eclesiásticos de la Arquidiócesis para festejar su labor pastoral y renovar su compromiso sacerdotal. En esta ocasión, la Solemne Eucaristía fue presidida por el Obispo Auxiliar de Guadalajara, Juan Humberto Gutiérrez Valencia, quien saludó y felicitó a los Clérigos presentes.

Fervor en la vida de un Sacerdote

“Jesucristo, como Sumo Sacerdote, ‘con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado’ (Heb 10,12). Nosotros Sacerdotes, debemos estar conscientes de que Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por nuestro medio. Por lo tanto, el ministerio de un Sacerdote, que actúa siempre ‘in persona Christi’, debe estar centrado en la santificación. Pero, primero ser santos para poder luego santificar”, dijo durante la homilía, a los Padres concelebrantes, y a la asamblea en general, el señor Cura Jesús García Zamora, Párroco de Belén de Jesús y Vicario General de la Arquidiócesis.

Todos los Sacerdotes estuvieron atentos a las palabras especialmente dirigidas a ellos, por parte del Predicador, quien añadió: “Nosotros somos instrumentos suyos en virtud del Sacramento del Orden, que nos identifica con Él. ‘Ser sacerdote  recordaré, con palabras de Benedicto XVI- significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo Carne y Sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y está sentado a la derecha del Padre. Este Dios debe vivir en nosotros, y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto’, siendo santos para santificar.

“En el pasado Año Sacerdotal (2009-2010), el Papa Benedicto XVI nos invitó a reflexionar especialmente en la figura del Santo Cura de Ars, y decía: ‘Estaba convencido -el Santo Cura de Ars- de que todo el fervor en la vida de un Sacerdote dependía de la Misa: ‘La causa de la relajación del Sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el Sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!’ Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: ‘¡Cómo aprovecha a un Sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!’

“El Concilio Vaticano II afirma, en el Decreto Presbyterorum Ordinis, que la Celebración de la Misa es el momento más importante de la jornada de un Sacerdote, pues constituye el ‘centro y raíz de toda la vida del Presbítero’. Por eso, es lógico que procuremos celebrarla cada día del mejor modo posible.

“Junto a la Celebración Eucarística, la administración del Sacramento de la Reconciliación es otro momento en el que la identificación del Presbítero con el Sumo y Eterno Sacerdote alcanza su máxima intensidad. Hay quienes podrán decir que estamos atravesando una crisis de la Confesión; pero, en realidad, se trata más bien de una crisis de confesores. Lo prueba el hecho de que cuando en una iglesia hay Sacerdotes disponibles para confesar, con horarios claros, con señales inequívocas de su presencia, en poco tiempo muchos fieles acuden a recibir este Sacramento.

“Habría otros momentos en los que el Sacerdote debería también identificarse con Cristo y santificarse a través de ellos: la Liturgia de las Horas, la Meditación para cultivar el trato íntimo con el Señor, el Rezo del Santo Rosario, laLectio Divina, etc. Por ahora, procuremos comprometernos a ser más santos para santificar, en la vivencia de la Eucaristía y de la Reconciliación, como Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, las ha celebrado y consumado con su misma vida”, concluyó el Padre García Zamora.

Al terminar la Celebración Eucarística, los Clérigos fueron invitados por el Capellán del Templo Expiatorio, Monseñor Francisco Casillas Navarro, como también es costumbre, a un ameno refrigerio, degustando frescas y sabrosas pitayas, cuya temporada está por fenecer.