Ene-Feb-2016

09. Clausura y Jubileo de la Vida Consagrada

CLAUSURA DEL AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA
Y EL JUBILEO DE LA VIDA CONSAGRADA

¿Qué fue del Año de la Vida Consagrada?
Ha pasado ya el “Año de la Vida Consagrada” y nos planteamos la siguiente pregunta: ¿Qué fue de él como inspirador o motivador para las personas consagradas, qué fue de él para las diócesis donde ellas se encuentran?
La respuesta toca a cada persona y a cada institución en la medida en que dicho Año pudo ser significativo para ellas.
Es posible que en una importante medida haya pasado desapercibido o casi. Sin embargo, una mirada al menos superficial podría iluminar lo que este año fue para la vida consagrada en relación con nuestra diócesis. Nuevas y diversas iniciativas no parecen haber sido realizadas, pero no faltaron los encuentros habituales de la bienvenida y la inducción de los religiosos y religiosas recién llegados a la diócesis, ni la celebración de la jornada de la vida consagrada en la iglesia catedral. La jornada de estudio de la vida consagrada giró en torno al Sexto Plan diocesano de pastoral en un intento de acercamiento e integración. El Congreso de personas consagradas a nivel de la Provincia eclesiástica, ha sido también ocasión para dar relieve al Año de la Vida Consagrada. Mucho habrá que agradecer a los promotores y organizadores de estos eventos.
Deseos y objetivos del Santo Padre Francisco para el Año de la Vida Consagrada
Traigamos a la memoria los deseos y objetivos propuestos por el papa Francisco al inicio del Año recién terminado. Tenían que ver con la acción de gracias por el don de las personas consagradas, la toma conciencia de ese don, la alegría por el mismo, el compartir las dificultades de los Institutos y la colaboración en sus trabajos. Por otro lado, invitaba a los Obispos a acoger ese don como un importante capital espiritual. Finalmente, a las personas consagradas pedía mayor fidelidad a su carisma en tres momentos: mirando su propia historia en el pasado, para reconocer beneficios y pedir perdón por infidelidades; viviendo el presente como una vuelta hacia Jesús como el único amor y el más importante, avanzando hacia la mística del encuentro; abrazar el futuro con esperanza ante la falta de vocaciones y el envejecimiento de los Institutos.
Qué fue de todo ello, cada comunidad y cada diócesis podrán reconocerlo en su vivencia. No sería raro que la vida cotidiana nos haya arrastrado con la inercia de las actividades ordinarias, y con ello hacer obstáculo para acercarnos a los objetivos propuestos. Quizás el activismo, como un fuerte ruido, ha podido impedirnos escuchar siquiera aquellos deseos del Santo Padre. Lo que sea que haya sido el recién concluido Año, con sus frutos y sus posibles lagunas, agradezcamos al Señor los bienes recibidos en él.
El Jubileo de la Vida Consagrada
El pasado día primero de febrero el Papa ha vuelto a tomar la palabra para dirigirse a las personas consagradas en la clausura del Año de la Vida Consagrada y en el contexto del Jubileo para la Vida Consagrada. No quiso seguir el texto que tenía preparado para la ocasión, sino que ha preferido, dijo, “hablar de lo que me sale del corazón”. Frase muy significativa esta última que recordará aquella otra del profeta: le hablaré al corazón. Podemos imaginar que el santo Padre ha querido hablar “de corazón a corazón”, y en este sentido, hablar de lo más significativo para él.
Pues bien, se trata de tres “pilares” de la vida consagrada: la profecía, la proximidad y la esperanza. Estos pilares que sostienen los consejos evangélicos calificados por el papa Francisco como una pobreza fuerte, un amor casto y fecundo, y una obediencia como donación del corazón.
En cuanto a estos tres consejos podrían sintetizarse en uno solo: la desapropiación.  Este término podría expresar el sentido de los consejos en un solo voto hecho a Dios, el de la propia ofrenda, la donación de sí mismo inspirada por el Espíritu divino que, él mismo, es la pura desapropiación y entrega del Padre y el Hijo en el seno, en el “corazón”, de la Santa Trinidad.
Por lo que toca a los tres pilares, el papa Francisco ha insistido ya en otros momentos en el carácter profético como primer pilar de la vida consagrada, profecía que el santo Padre entiende aquí como camino de Jesús; por tanto, podemos comprender la profecía precisamente como discipulado. Ahora bien, decir “camino de Jesús” es lo mismo que decir “proximidad”, segundo pilar, si intentamos comprenderla a la luz del misterio de la Encarnación la cual aparece como paradigma de toda proximidad posible, esto es, una proximidad hecha comunión.
Desde el punto de vista natural, la “proximidad más próxima” a sí mismo es la de cada uno consigo. Pero desde ahí habrá que vivir la proximidad con el corazón de los propios hermanos y hermanas de la comunidad, y desde esta proximidad acercarnos a la iglesia universal. Pero ¿cómo y dónde será esto si no es en la iglesia particular, en la diócesis donde la vida consagrada se encuentra? Por otro lado, esta misma iglesia es llamada a ser “prójima” de la humanidad entera. Imposible comprender una proximidad cerrada, es decir, vivida al interior de la iglesia como mero refugio ante las dificultades del tiempo y del mundo. En este tema advierte el Papa contra aquello que destruye el pilar de la proximidad, es decir, lo que él llama “el terrorismo de los chismorreos”. El chismorreo destruye no solo la relación interpersonal, sino que también, podemos decirlo, dinamita la proximidad que se intenta construir y profundizar entre instituciones e instancias pastorales.
Sólo desde esta proximidad con el mundo, salida y apertura, es posible vivir la esperanza, tercer pilar de la vida consagrada. Y aquí reconozcamos la humilde confesión del Santo Padre que reconoce: “a mí [la esperanza] me cuesta mucho”. Concretamente, habla de la falta de vocaciones y del envejecimiento de las comunidades. Dos riesgos en este punto: el de la “inseminación artificial” que consiste en recibir a cualquier candidato, pero hacerlo sin discernimiento ni seriedad. Contra la falta de vocaciones: la oración, pero, dice el Papa, una oración con la intensidad de la de Ana, la madre de Samuel. El otro riesgo: apegarse al dinero a fin de buscar seguridad para la vejez; con apego a los dineros no hay esperanza, la esperanza sólo está en el Señor. Y en ese sentido, con la esperanza puesta en él, jóvenes o ancianas, las personas consagradas podrían recoger, como último resumen del Año de la Vida Consagrada, una de las frases finales que el Papa pronunciara en la ocasión que comentamos: Somos semillas. Esto nos acerca –¡y cuánto deseamos ser todavía más acercados!– al propio Jesús que nos dice: El Reino de Dios se parece a una semilla sembrada en un campo…

Fray Jorge Luna OFM