Ene-Feb-2016

13. Reflexiones en torno al matrimonio igualitario

REFLEXIONES EN TORNO AL MATRIMONIO IGUALITARIO

El pasado martes 26 de enero del año en curso la Suprema Corte de la Nación declaró que era inconstitucional el artículo 260 del Código Civil del Estado de Jalisco, que limitaba el matrimonio civil a un hombre y a una mujer, por considerarlo discriminatorio por excluir del matrimonio a parejas del mismo sexo.
El matrimonio igualitario se ha promovido en nuestra patria desde hace unas décadas
El matrimonio igualitario u homosexual fue promovido desde hace algunas décadas en nuestra patria y se legalizó primero en la Ciudad de México y después en otras demarcaciones del país. Estas reformas civiles no pueden, de ninguna manera, cambiar la doctrina cristiana del matrimonio y la familia ni la práctica del sacramento del matrimonio entre un hombre y una mujer. Sin embargo, la Iglesia ha rechazado tajantemente estas reformas por considerar, más allá del ámbito religioso, un atentado a la institución natural del matrimonio y de la familia.
El rechazo de la Iglesia a las reformas ha sido visto, sin un sereno diálogo, como una intromisión del clero en asuntos civiles y como un acto de homofobia. Desgraciadamente se quiere callar la voz de la Iglesia a través de la calumnia y la difamación por los vergonzosos casos de pederastia por parte de clérigos.
Por otra parte, quienes desde el ámbito civil se han manifestado contrarios a estas mismas reformas, inmediatamente se vinculan a la ultraderecha, a grupos católicos o de tinte religioso y se les acusa de homofóbicos.
Ha faltado serenidad para reflexionar con profundidad sobre este tema y parece que cada vez se polarizan más las posturas llegando a descalificaciones e insultos injustificados.
Ponderación objetiva desde la perspectiva teológica
En este artículo se pretende ponderar, con la mayor objetividad posible desde la teología, la plausibilidad o no del matrimonio igualitario y sus beneficios o costos sociales, así como los desafíos que plantea a la acción pastoral de la Iglesia.
El colectivo LGTB (lésbico-gay-transgénero-bisexual) ha luchado ya por décadas para que el Estado reconozca lo que ellos denominan los derechos de las personas no heterosexuales, en los que, según su agenda, está el derecho al matrimonio civil.
2006, se reconoce en la ciudad de México la unión entre personas del mismo sexo
En la Ciudad de México, desde el 2006 se reconoció la unión de personas del mismo sexo, con la “Ley de Sociedades de Convivencia”, con la que se otorgaba a quienes lo suscribían el derecho de filiación y de seguridad para los conviventes, sin que se llegara a modificar su estado civil.
2009, la Asamblea Legislativa de la ciudad de México aprueba una enmienda al artículo 146
El 21 de diciembre de 2009, la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México aprobó una enmienda al artículo 146 del Código Civil de dicha demarcación federal, en la que el matrimonio se puede celebrar libremente por dos personas, independientemente de su especificación genérica y sin mencionar la procreación de los hijos como una de sus finalidades.
Antes se especificaba que el matrimonio es la «…unión libre entre un hombre y una mujer…con la posibilidad de procrear hijos…».
La justificación para promover estas reformas en la Capital y ahora en los diversos Estados de la República, conforme a lo que declara la Sociedad Unida por los Derechos Humanos, es:
• La igualdad de derecho y la no discriminación por la orientación sexual. «La importancia de este hecho (la reforma del Código Civil) radica no solo en que las familias de lesbianas y homosexuales que habían existido históricamente sin derechos, ahora les son garantizados en condiciones de igualdad frente a la ley, sino también, en la libertad que cada persona debe tener a decidir si quieren casarse, vivir en concubinato o ninguna de estas opciones».
• Reconocimiento de los derechos como familia: «tales como establecer un vínculo familiar, tomar decisiones médicas, suceder bienes aún sin testamento, registrar hijas e hijos en común, por mencionar algunos».
• Porque el matrimonio, independientemente de su significado etimológico y su práctica centenaria, es la institución civil que garantiza el principio de igualdad y de no discriminación.
• Derecho a la felicidad que se establece en las relaciones matrimoniales.

En el mismo documento se señala que con el matrimonio igualitario se garantiza:
• El derecho de establecer parentesco por afinidad y, por tanto, el reconocimiento como familia.
• El derecho a compartir la seguridad social.
• El derecho a adoptar en condición de igualdad que otras personas.
• El derecho a construir un patrimonio familiar y el de la sucesión de bienes, incluso sin necesidad de testamento.
• El derecho a decidir si se quiere o no tener hijos, y el método reproductivo por el que se lleve a cabo. Sin que ello suponga la legalización de la gestación subrogada.
• El derecho a registrar hijos e hijas en común con ambos apellidos, reconocer los hijos de la pareja si estaba soltera o de tramitar un juicio familiar si hubiera una tercera persona.
• El derecho a la tutela de la familia en caso de imposibilidad de la otra parte.
• El derecho a desarrollarse en un ambiente de respeto que garantice la integridad física y moral de ambos contrayentes y de su familia; así como el derecho a vivir sin violencia.
• El derecho al divorcio y el del reparto justo e igual de los bienes.
• El derecho a adquirir crédito mancomunado.
La legislación actual, a partir de tales reformas, también reconoce varios tipos de familia que se organizan por razón social, cultural y económica.
La Suprema Corte de la Nación reconoce los mismos derechos a las familias compuestas por padre o madre solteros y su(s) hijo(s), parejas heterosexuales con o sin hijos, parejas homosexuales con o sin hijos, parejas transexuales con o sin hijos, abuelos con nietos, tíos con sobrinos, etc.
El matrimonio igualitario pone en debate, de igual forma, la paternidad. Evidentemente las parejas homosexuales no pueden engendrar hijos, pero pueden recurrir a técnicas de reproducción asistida como la gestación subrogada.
Las parejas que deciden por esta técnica tendrán que llevar una asesoría jurídica para cuando se tenga que hacer el registro civil del niño y el reconocimiento de paternidad.
Las parejas homosexuales tienen el derecho de la adopción con las condiciones legales que plantea dicho proceso administrativo y que se cumpla con la finalidad de ofrecer el máximo bienestar para los niños. En este rubro, el documento señala que el argüir en contra de la adopción por parte de parejas homosexuales por el daño psicológico que puede causarse al infante, es un prejuicio que estudios científicos han desestimado, pues los niños que crecen con padres homosexuales desarrollan la misma capacidad intelectual y el mismo desarrollo psicológico que los niños de parejas heterosexuales, siempre que haya un ambiente de respeto, cuidado y amor.
Hasta aquí la justificación que presentan quienes abogan por el matrimonio igualitario.
La visión de la Iglesia ante esta situación
Para la Iglesia toda persona, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, goza de una altísima dignidad porque es criatura de Dios, formada a su imagen y semejanza y, en Cristo, llamada a participar de la filiación divina por el Espíritu Santo. Este fundamento teológico debe garantizar la promoción y la defensa de los derechos humanos. Dios nos ha creado libremente a todos los seres humanos por amor y a todos nos llama a ser sus hijos, a que le correspondamos a su amor y podamos, cumpliendo su voluntad, ser felices realizándonos en el amor. La universalidad de esta acción divina justifica la defensa de todos los derechos humanos para todas las personas, sin excluir a ninguna por ninguna circunstancia.
El fundamento teológico no exime a la razón de buscar también la fundamentación natural de los derechos humanos, sobre todo al considerar al ser humano como un ser personal libre y trascendente.
Los derechos humanos son universales
Los derechos humanos no los otorga el Estado, sino que son connaturales al hombre, por eso son universales, inviolables e inalienables. Son universales porque corresponden a todos los seres humanos sin excepción alguna; son inviolables porque son inherentes a la persona humana y a su dignidad; son inalienables porque no pueden ser por nadie conculcados por ningún motivo. El Estado o cualquier otra institución no pueden proteger parcialmente los derechos humanos, es decir, no puede proteger un derecho olvidando otro ni puede proteger el derecho de unas personas en detrimento de otras.
El compromiso pastoral de la Iglesia
Para la Iglesia «el compromiso pastoral se desarrolla en una doble dirección: de anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos derechos… Para ser más eficaz, este esfuerzo debe abrirse a la colaboración ecuménica, al diálogo con las demás religiones, a los contactos oportunos con los organismos, gubernativos y no gubernativos, a nivel nacional e internacional».
Frente a este compromiso de la Iglesia por la tutela de los derechos humanos, ¿cómo se puede negar derechos a las personas homosexuales? ¿la Iglesia Católica puede ser acusada, por su doctrina y por su acción pastoral, homofóbica?
Estas preguntas son de suma importancia porque nos hacen descubrir dos cosas: que no hay derechos homosexuales y que tanto en su doctrina como en su acción pastoral, la Iglesia ha tenido una preocupación por las personas que tienen atracción a personas del mismo sexo, independientemente de algunos casos de violencia que se haya ejercido por parte de algunos miembros de la Iglesia que por desconocimiento, ignorancia o mala intención la han injustamente ejercido.
Derechos humanos, no homosexuales
No hay derechos homosexuales sino derechos humanos que son universales y que se deben garantizar a todas las personas, sin exclusión de ningún género.
Una persona homosexual tiene derechos no por ser homosexual, sino por ser persona, como cualquier otra persona.
Si se “otorgan” derechos específicos a las personas por sus condiciones se estaría negando, además de la universalidad de los derechos, la igualdad de todos los ciudadanos.
Ciertamente se puede hablar de forma sectorial de derechos particulares por alguna circunstancia que se aplica al universo de todas las personas que conforman ese sector, por ejemplo los derechos de los infantes, de los miembros de una institución, etc., pero no se podrían constituir derechos especiales para personas homosexuales en cuanto que no forman un sector o segmento particular de la sociedad, sino que se insertan en ella con todos los derechos y deberes de un ciudadano, independientemente de su orientación sexual. Dentro del colectivo LGTB sí puede haber derechos para sus afiliados homosexuales, sin ser derechos universales para todos los ciudadanos.
La homofobia «es entendida como el rechazo, odio, aversión, temor, repudio, discriminación, ridiculización, prejuicio y/o violencia hacia las personas que son o parecen ser homosexuales, a partir de un prejuicio». Frente a esta definición de homofobia no se puede acusar a la Iglesia de serlo, aunque se reconoce que algunos miembros de la Iglesia, incluso quienes son pastores, puedan tener posturas personales que sí son homofóbicas.
Atención pastoral de la Iglesia a las personas homosexuales
La Iglesia, que es madre y maestra, orienta a todos los pastores sobre la atención a las personas homosexuales en una carta publicada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe el 1 de octubre de 1986.
En este documento del magisterio pontificio se aclara que los actos homosexuales son actos intrínsecamente malos y de la misma manera se expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: «Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (2357).
La perversidad de estos actos no se sugiere por algunas frases aisladas de la Escritura o por una interpretación literal de los textos sagrados, sino porque contradicen el proyecto de Dios creador que ha bendecido al hombre como co-creador, cuya sexualidad está orientada a la procreación.
Todo acto sexual que no se oriente a esta finalidad, que en el matrimonio se une también a la finalidad de complementariedad en el amor, queda fuera del ámbito de la voluntad divina y, por tanto, es pecaminoso.
En este sentido, no se trata de una condenación de las personas homosexuales sino de una advertencia de que tales actos homosexuales pueden llevar a una frustración de la sexualidad humana y de toda su existencia, y ponen en riesgo la salvación eterna.
Aprobar las relaciones homosexuales sería renunciar a la visión cristiana del hombre y de la sexualidad, además de arrancar para estas personas la invitación cristiana a vivir la castidad que «significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y la mujer» (CATIC 2337). ¿Una persona homosexual no es tan libre y capaz de vivir responsablemente su vocación cristiana en la virtud de la castidad? ¿No se trataría de un prejuicio mucho más grave el pensar que los homosexuales son incapaces de virtuosa continencia?
La Iglesia no busca hacer daño a las personas homosexuales al afirmar su doctrina moral, sino que «cuando rechaza las doctrinas erróneas en relación con la homosexualidad, no limita sino que más bien defiende la libertad y la dignidad de la persona, entendidas de modo realístico y auténtico» (Carta a los Obispos 7).
Mostrar una actitud indulgente frente a estos actos no es evangélico y se estaría engañando erróneamente a quienes tienen esta tendencia, pues ofrecería un criterio mundano y materialista de la sexualidad humana.
Por otra parte, quienes pretenden justificar los actos homosexuales, implícitamente están negando la capacidad de libertad de las personas homosexuales y de la acción de la gracia en ellos, que, por el mero hecho de la inclinación, tendrían que tener consecuentemente comportamientos homosexuales.
La Iglesia afirma con toda contundencia, que la homosexualidad no es un impedimento para la vida en castidad y con ello reconoce precisamente la igualdad con todos los demás cristianos que, en búsqueda de hacer la voluntad de Dios, deberá aprender a dominarse a sí mismo en la pedagogía de la libertad humana y a poner los medios para ello: «el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración» (CATIC 2340).
La claridad y valentía con la que la Iglesia expresa la verdad moral de los actos homosexuales, a pesar de las presiones y denostaciones actuales de los colectivos LGTB y de una sociedad que estima la castidad como algo pasado de moda, es la misma claridad y valentía con la que defiende de todo acto violento o discriminatorio contra las personas homosexuales: «Es de deplorar con firmeza que las personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas.
Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por lo demás, que lesiona unos principios elementales sobre los que se basa una sana convivencia civil.
La dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones» (Carta a los Obispos 10). En este mismo tenor, contra todo atisbo de homofobia, la Iglesia insta a los pastores a que tengan una actitud hacia ellos de absoluto respeto, comprensión y delicadeza (cf. CATIC 2358).
La Iglesia ofrece a todos los cristianos caminos de seguimiento de Jesús
La Iglesia no sólo respeta y exige el respeto a las personas homosexuales, también les ofrece como a todos los cristianos el camino del seguimiento de Jesús en santidad de vida, considerándolos, más allá de su condición, como personas capaces de responder libremente al llamado del Señor a vivir en castidad y de asumir, como todo cristiano, la cruz de Cristo en las dificultades que entraña su condición.
Quienes niegan la posibilidad de la castidad de las personas homosexuales y los determinan a un comportamiento desordenado, en realidad están vulnerando el derecho fundamental de todo ser humano de libertad y de trascendencia frente a las tendencias de la carne. Por otra parte, no se les pide más en orden a la castidad a las personas homosexuales que a las personas heterosexuales que no han celebrado el sacramento del matrimonio, se trata del mismo criterio moral y de una consideración básica de igualdad de las personas, sin distinción por las preferencias sexuales.
En cuanto al matrimonio, conforme a la doctrina de la Iglesia, a la moral cristiana y a la razón natural no se vulnera la dignidad de ninguna persona ni es discriminatorio el concepto de matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer cuya doble finalidad es la unión de los esposos y la procreación de los hijos.
En cambio, el matrimonio igualitario sí es en realidad discriminatorio porque pone en desventaja a las parejas heterosexuales que de forma natural, aunque no siempre, generan vida en la procreación de los hijos.
Deja qué desear que la modificación del artículo 146 del Código Civil de la Ciudad de México haya erradicado la procreación como una finalidad del matrimonio para dar cabida al matrimonio igualitario, quitando el derecho a la prole de una pareja de un hombre y una mujer.
El Estado, que debe garantizar los derechos universales de todos los ciudadanos especialmente de los más indefensos como son los infantes, que tienen derecho a un padre y una madre, ha cedido frente a las presiones de los colectivos LGTB, arrebatando el derecho a quienes sí gozan de él.
¿Qué gana el Estado con la unión de dos personas homosexuales que determinan vivir juntos?
¿No bastaría un contrato de convivencia que garantice los derechos humanos de los que sí pueden reclamar la tutela del Estado?
¿No pierde el Estado y la sociedad al negar que el fin del matrimonio es la procreación?
¿No es precisamente la procreación la razón por la que el matrimonio heterosexual estaba tutelado por el Estado, pues era la fuente de nuevos ciudadanos?
Ciertamente se da la procreación fuera de la institución del matrimonio y hay muchos modos de ser familia, pero porque se dan realidades fuera de las instituciones ¿se han de desaparecer las instituciones?
Con esta reforma prácticamente desaparece la institución de la familia nuclear constituida por un padre, una madre y los hijos, que no es un invento social burgués como pretendían los socialistas, sino la célula sólida de la sociedad.
En un marco jurídico que defiende la familia natural, nadie queda vulnerado en sus derechos individuales por ser hijo de madre soltera o de vivir con la abuela o con algún tutor, como la práctica secular lo ha demostrado.
Si bien es cierto que la llamada cristiana a la castidad y a la santidad de vida no es un criterio social para la legislación justa, se ha de tener presente que el Estado puede crear estructuras o instituciones jurídicas que garanticen los derechos humanos fundamentales de quienes quieren vivir una sociedad de convivencia por razones de su preferencia sexual, sin atentar contra el matrimonio como institución necesaria para la salud y el desarrollo pleno de la sociedad.
En cuanto a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales
Respecto a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales no se debe argüir el derecho de los adoptantes sino del adoptado, y no puede servir como justificación el maltrato o la violencia que hay en familias con padres heterosexuales, pues como seres humanos, las parejas homosexuales no están excluidas de violencia y de problemas psicológicos que impiden una sana relación con los niños.
El derecho a la felicidad, que más que derecho es un buen deseo para todos los seres humanos y una búsqueda constante y sincera por alcanzarla, no se logra sin más con el matrimonio. La experiencia nos enseña que el matrimonio no es una garantía para la felicidad ni para la infelicidad, sino lo que el ser humano guarda en su corazón.
No son las circunstancias las que nos hacen felices sino la actitud del corazón frente a ellas.
Una persona homosexual puede ser feliz sin casarse y puede ser infeliz casándose. No se trata pues de considerar el matrimonio como un derecho para alcanzar la felicidad.
El matrimonio igualitario llevará a la consideración de la homosexualidad como una condición natural que puede ser elegida libremente por quien la quiera, sin considerar que una gran mayoría de los homosexuales no quisieran serlo en realidad, ¿habría garantía que lo quisieran ser en el futuro?
La orientación sexual no se trata de un elemento solo cultural que puede modificarse a gusto de la sociedad, sino de un elemento inscrito en la naturaleza humana que permite la supervivencia de la especie.
La formación sexual de los niños y de los jóvenes sería deformada al considerar la sexualidad sólo como un fenómeno biológico al que se tiene derecho para producirse placer, desvinculándola de la integralidad de la persona y de la búsqueda humana de la verdadera felicidad que se alcanza generalmente con muchas renuncias y sacrificios.
Desde la antropología cristiana, la antropología de trasfondo de la ideología de género adolece de un grave dualismo que considera el cuerpo como un envoltorio de una psiqué que determina, como auriga platónica, el rumbo y las características del cuerpo que se posee como propiedad y no se es como misterio de espíritu encarnado.
En todo dualismo el cuerpo es denigrado y considerado como la parte inferior a la que se le puede tratar como un mero objeto de uso, mientras que la fe cristiana considera al ser humano como una realidad unitaria psicosomática y pluridimensional.
Las consecuencias de todo dualismo son nefastas, no sólo para la fe cristiana, sino para la visión del hombre.
Todo dualismo antropológico se convierte a la larga en un espiritualismo, en un panpsiquismo o en un materialismo sin trascendencia.

José Marcos Castellón Pérez, Pbro. Dr.